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En los años 70  llegó a Caudete de las Fuentes un párroco antitético para la época y rompedor a más no poder. Tenía aire despistado al andar, que le daba su dificultad para la visión. “Calzaba” unas gruesas gafas de concha con unos cristales llamados de “culo de vaso” con los que elevando su barbilla ligeramente por encima de los 180 grados parecía mirar por encima del hombro a propios y extraños. Nada más allá de todo eso, necesitaba buscar unos grados y la fina “ventana” que el cristal le ofrecía para poder saludar sin equívocos. En realidad veía más que que los que no llevaban gafas, bastante más. Con otra visión claro. Después de un cura al uso del régimen, con sotana larga de rigor y genio y figura hasta la sepultura, llegó don Joaquín Sendra, para más señas, vestido de paisano con sus camisas grises, medio grises, casi grises y grises perla y con su alzacuello blanco, y sus chaquetas de lana abiertas y desafiantes agitadas al viento mientras andaba, pantalón negro pero ajustado, vino  a cambiar a Caudete de las Fuentes, a sus gentes y a su fiesta.

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